Cuando escuchaba la canción “I´ll be home for Christmas” solía pensar en cómo sería pasar una Navidad lejos de la familia, de los amigos, de la patria…pero jamás imaginé que la pasaría en Egipto y rodeada de personas de diferentes culturas.

Es inevitable evitar la nostalgia (no soy de piedra), pero esta también ha sido una oportunidad para entregar y abrir el corazón. Este año, para mí la Navidad no solo fue el 25 de diciembre, sino que comenzó hace dos semanas y media. Llegué a Egipto hace un mes como voluntaria de la ONG francesa SOS Chrétiens d´Orient, para dar ayuda humanitaria a los cristianos del país, y tras pasar un tiempo en la casa central, mi jefe me dijo que sería enviada a la antena de la misión en uno de los barrios más pobres de El Cairo: Ezbet el Nakhl. La noticia me sorprendió y me entristeció un poco (es imposible negarlo) –porque pensaba que me iba a quedar más tiempo en Heliópolis (donde está la casa central de la ONG en la capital egipcia) y ya me había acostumbrado–, pero sentí en ella un llamado de Dios. Así, partí del lugar donde pasé mis primeras semanas en esta nación rumbo hacia otro que me parecía desconocido…

Ezbet el Nakhl es una zona muy pobre que alberga cerca de un millón de almas. No hay pista, hay basura en la calle, el aire huele mal, las casas no tienen acabados, se ve miseria por todas partes y podría seguir. A pesar de que en mi país también hay lugares similares (conocidos como “Pueblos Jóvenes” o “Asentamientos Humanos”), toparse con la pobreza impresiona. Pero estoy aquí para acompañar y ayudar a los cristianos.

Una de las primeras celebraciones de Navidad, fue participar en la obra de teatro sobre el nacimiento de Jesús que presentamos en uno de los colegios a los que brindamos ayuda humanitaria ¿Mi papel? Tocar el triángulo en una escena (me hizo recordar aquellas épocas escolares en las que tenía papeles similares). También ayudé a construir un toldo que sirvió de escenario y con el vestuario de los niños, quienes me preguntaban de dónde era –aquí casi nadie sabe de la existencia de mi país, aunque ya sé decir América del Sur y Perú en árabe para explicarle el asunto a la gente– y con los que compartí ese momento agradable (descubrí que una de las niñas tiene el mismo nombre que mi mamá).

Otras cosas que hice con los otros voluntarios fue repartir donaciones a la escuela y entregar un Papa Noel bailarín a otro colegio, el cual fue una sensación y al que le tomaron tantas fotografías como a un famoso. Me parece que gestos como ese llenan de alegría la vida de estas personas.

También decoramos la residencia de unas ancianas –a quienes coloqué una corona muy especial que hice con guirnaldas– y discapacitadas. Las viejitas me repetían que yo era muy bonita y “como el azúcar” tras comenzar a conversar y jugar conmigo. Lo mismo sucede con los niños, quienes añaden un “te quiero mucho”. Y lo dicen de corazón, mientras que el mío se derrite por ellos.

Lamentablemente, no pude ayudar en las demás actividades previstas porque me dio mi primera gripe egipcia, que me obligó a permanecer en la cama por varios días (literalmente, porque me sentía tan mal que no podía moverme). Aunque no me gustó estar enferma, aproveché esos días para orar y ofrecer mi malestar a Dios por la protección de los cristianos durante las fiestas.

Aún convaleciente, partí con los demás voluntarios de Ezbet el Nakhl para pasar la Navidad en Heliópolis junto con el resto del equipo. Me impresionó que las calles de El Cairo no estuvieran adornadas con las luces, los árboles, los pesebres y demás. Esto se debe a que Egipto es un país donde predomina el Islam y los musulmanes no festejan la Navidad. En cambio, en Perú y otros países de Latinoamérica hay luces navideñas y celebraciones hasta decir basta. Incluso aquí las iglesias están resguardadas para evitar atentados. No es un secreto para nadie que esto sucede por estas fechas e incluso cuando han ocurrido en años anteriores, han sido reportados en las noticias.

A comparación del resto de la ciudad, el centro comercial al que fui para buscar el regalo de mi “amigo secreto” (los franceses también juegan eso aunque con otro nombre) estaba decorado para las fiestas.

Ahora hablaré sobre la crema y nata de mi Navidad. El 24 de diciembre tuve la oportunidad de ir a confesarme con un sacerdote dominico que hablaba español (fue como un respiro a nivel de idioma), participé en la grabación de un videomensaje para nuestras familias y preparé una causa peruana para la cena. Sobre esta, es algo totalmente diferente a lo que estoy acostumbrada: el gran pavo con arroces árabes, las ensaladas, el enrollado de cerdo, el chocolate caliente y el panetón. Sí, ese gran banquete que te hace decir: “apenas terminen las fiestas empiezo la dieta”.

Con los franceses no es así. Tuvimos un “aperitivo” que para mí resultó ser una comilona deliciosa de embutidos, vegetales y otras cosas. La “cena” fue fondue con carne y queso del que me enamoré.

Fuimos a la “Misa de Gallo” celebrada en una parroquia de rito católico armenio y presidida por Mons. Krikor Koussa, Obispo Armenio de Alejandría. La Misa comenzó con una procesión encabezada por el Prelado, los acólitos y un muchacho que portaba una imagen del Niño Jesús. Los fieles llevaban una vestimenta formal y mostraron mucha reverencia durante la Eucaristía, cuyo lenguaje era el árabe y el armenio.

Al terminar la Misa, hubo un momento de compartir en el salón parroquial entre Mons. Koussa, los fieles y los voluntarios. Fue algo importante para mí porque pude saludar y conversar con los católicos egipcios, de quienes solo había leído en las noticias. Cuando les deseaba una “Feliz Navidad” en árabe, ellos me tomaban de la mano con cariño y me comenzaban a preguntar sobre mi país.

A la medianoche, todos los voluntarios rezamos y hubo el intercambio de regalos. En América Latina somos muy expresivos al hacer eso y al desearnos una “Feliz Navidad”. Nos abrazamos, gritamos, reímos, manifestamos nuestra alegría, pero los franceses no son así. No se abrazan y no demuestran efusividad ni mucha afectividad en el momento de entregar los regalos. Inconscientemente empecé a abrazarlos (porque me agradan muchísimo), hasta que me di cuenta de que era la única que lo hizo. Sé que es una cultura diferente (hay que respetarla) y, bueno, fue una oportunidad de mostrarles que los aprecio.

El 25 de diciembre mi familia me llamó a las 7:00 a.m. (porque a esa hora es medianoche en Perú) para desearme “Feliz Navidad”, fuimos a Misa y compartimos un almuerzo en un restaurante cariota. Luego, llegó el momento de regresar a Ezbet el Nakhl.

Y sí, extrañé a mi familia y a mi pueblo. Pero esta ha sido una Navidad especial y bendecida porque la pasé en la tierra que acogió a la Sagrada Familia. Y, ¿qué otra cosa puedo regalarle al Niño Jesús además de mi vida y el homenaje de mi corazón? He dejado todo para estar con Él a través de su pueblo en Egipto. A pesar de todo (la soledad, un nuevo lugar de misión, de vivir en otra cultura y de las cosas que he experimentado en el país) soy feliz aquí, le entregaría a Dios mi vida mil veces y no tomaría otra mejor decisión que esta.

¡Feliz Navidad a todos!

Publicado originalmente en Girasoles de Verano