La palabra Amén la utilizamos para concluir las oraciones; cuando rezamos el Padre Nuestro siempre decimos amén, sin embargo, durante la Santa Misa esto cambia.

Debemos tomar en cuenta que el Padre Nuestro es la única oración que está de por sí integrada en la liturgia de la Misa, es decir, forma parte del rito de cada Misa. No decimos ‘Amén’ al terminar el Padre Nuestro porque, por ser parte de la liturgia, la oración aún no ha concluido.

Cuando la Asamblea, es decir, nosotros, terminamos el Padre Nuestro diciendo “y líbranos del mal“, el sacerdote continúa rezando; a esto se le llama embolismo, que es una oración que recoge y desarrolla una oración precedente.

Esto quiere decir que, cuando nosotros finalizamos el Padre Nuestro, el sacerdote continúa rezando diciendo:

líbranos Señor de todos los males, y concédenos la paz en nuestros días, para que ayudados por tu misericordia, vivamos siempre libres de pecado y protegidos contra toda perturbación, mientras aguardamos la gloriosa venida de nuestro salvador, Jesucristo”, hasta aquí, la oración aún no finaliza ya que nosotros respondemos con la aclamación: “Tuyo es el Reino, tuyo el poder y la gloria por siempre, Señor”.

No es el Padre Nuestro y luego otra oración. Es una única oración mayor en la que el Padre Nuestro es un fragmento de ella.

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Es por esta razón que cuando rezamos el Padre Nuestro en la Misa no debemos pronunciar ‘Amén’ como acostumbramos a hacerlo normalmente.