El prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, el cardenal africano Robert Sarah, considera «desdeñoso y humillante» ordenar sacerdotes casados para solventar la falta de vocaciones en la Amazonía.

«Si, en un impulso misionero, cada diócesis de América Latina ofreciera generosamente a la Amazonía uno solo de sus sacerdotes, esta región no recibiría el trato tan desdeñoso y humillante que implica fabricar sacerdotes casados», ha señalado en el libro ‘Se acerca la tarde y el día casi ha terminado’, junto al periodista Nicolas Diat y que publica en España la editorial ‘Palabra’.

El purpurado está convencido de que la falta de sacerdotes en la Amazonía, no se resolverá ordenando a hombres casados, a viri probati que «no han sido llamados por Dios al sacerdocio, sino a la vida conyugal», para expresar la prefiguración de la unión de Cristo con la Iglesia.

«Si, por una falta de fe en Dios y de resultas de una miopía pastoral, el sínodo de la Amazonía se reuniese para tomar decisiones sobre la ordenación de viri probati, sobre la fabricación de ministerios femeninos y demás incongruencias de este tipo, la situación sería sumamente grave», ha aseverado el purpurado de la Curia en este sentido.

De esta forma, ha recalcado que los protestantes, que sí aceptan a pastores casados, «sufren la misma escasez de hombres entregados a Dios» y que si en ciertas Iglesias orientales los fieles toleran la presencia de hombres casados ordenados, es porque «esta se encuentra respaldada por la presencia masiva de monjes».

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Sus declaraciones se producen casi un mes antes de que dé comienzo en el Vaticano el Sínodo de la Amazonía en el que se hablará abiertamente de la posibilidad de crear nuevos «ministerios» en la Amazonía lo que podría entenderse como la posibilidad de que los llamados ‘viri probati’, hombres casados, puedan asumir algunas funciones sacerdotales.

LA IGLESIA LATINOAMERICANA Y LOS INDÍGENAS

Sarah ha afirmado que la Iglesia latinoamericana tienen «prejuicios» cuando dice que los indígenas son «incapaces de vivir el celibato». «La consecuencia de ese prejuicio es evidente: hay muy pocos sacerdotes y obispos indígenas, aunque las cosas estén empezando a cambiar», ha comentado.

En este sentido, advierte de que si el sínodo de la Amazonía tomara decisiones en esta dirección, rompería definitivamente con la tradición de la Iglesia latina.

SITUACIÓN SIMILAR A LA DE 1970

A su juicio, la Iglesia vive una crisis comparable a «la intensa hemorragia de los años 1970, cuando fueron miles los curas que dejaron el sacerdocio». De este modo, ha comentado que en las homilías existe «un extraño silencio en torno a las postrimerías».

«Se evita hablar del pecado original: es algo que suena arcaico. El sentido del pecado parece haber desaparecido. El bien y el mal ya no existen. Esa lejía tan sumamente eficaz que es el relativismo ha arrasado con todo. La confusión doctrinal y moral está exacerbada. El mal es el bien y el bien es el mal. El hombre ya no siente la necesidad de ser salvado. La pérdida del sentido de la salvación es la consecuencia de la pérdida de la trascendencia de Dios», ha manifestado.

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El cardenal Sarah ha lamentado a su vez que «tantos obispos y sacerdotes descuiden su misión fundamental, que es su propia santificación y el anuncio del Evangelio de Jesús, para dedicarse a cuestiones sociopolíticas como el medioambiente, las migraciones y los sin techo».

«LA IGLESIA NO ES UNA DEMOCRACIA»

«Ocuparse de todos estos debates es un compromiso loable. Pero, si descuidan la evangelización y su propia santificación, se agitan en vano.
La Iglesia no es una democracia en la que una mayoría acaba haciéndose con el control de las decisiones. La Iglesia es el pueblo de los santos», ha subrayado.

Por ello, ha manifestado que los cristianos no están llamados solamente a «involucrarse en actividades humanitarias» ya que la caridad «va mucho más allá».

Así, ha arremetido contra la labor de las organizaciones no gubernamentales en África que, aunque son de utilidad, siempre presentan «una tendencia a convertirse en un comercio en el que los intereses y la avaricia se mezclan con la generosidad».

«Estoy convencido de que las organizaciones caritativas católicas no pueden ser una ONG más: son la expresión de una fe radiante en Jesucristo», añade.

En su opinión, las estructuras de la ONU, que imponen una nueva ética mundial, juegan un papel decisivo y se han convertido hoy en un «poder abrumador» que se propaga a través de las ondas gracias a las posibilidades ilimitadas de la tecnología. «Hoy en muchos países occidentales negarse a someterse a esas terribles ideologías constituye un delito. Eso es lo que llamamos la adaptación al espíritu de los tiempos, el conformismo», denuncia.

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Así, defiende que no se trata de hacer que la Iglesia sea «aceptable», según los criterios del mundo, sino de «purificarla para que ofrezca al mundo la cruz en toda su desnudez».