Este es el segundo artículo de la serie “Ideologías condenadas por la Iglesia”. Como equipo de Memes Católicos, comprendemos y atendemos a todos, atendiendo a la universalidad de nuestra fe. Ha llegado el momento que muchos esperaban y en nuestro seguimiento del Señor, siendo “Camino, Verdad y Vida” seguirlo, pase lo que pase.

                Tendremos como premisas las definiciones de Liberalismo y Capitalismo.

El liberalismo se entiende como una corriente ideológica individualista cuya base económica es la economía de mercado, esta defiende la propiedad privada como derecho natural del hombre . Según R. Berrones (1995), el liberalismo se caracteriza por ser un “movimiento universal” que impulsa el desarrollo de la sociedad civil, a su vez, este concibe un estado liberal aquel que se expresa en el derecho escrito el cual legaliza y legitima el interés general de una sociedad, la igualdad y la seguridad donde se desarrollan los derechos del ciudadano como eje de la vida moderna. Carlos Sabino explica el liberalismo como una corriente de pensamiento, ideología política cuyo valor supremo es la libertad individual.

                El capitalismo es un sistema económico y social usado por los estados liberales, basado fundamentalmente en las relaciones entre los propietarios privados de los medios de producción y los trabajadores libres, los cuales carentes de capital, venden sus servicios laborales a los empleadores. Según la Encyclopedia Britannica, el éxito del sistema capitalista fue el uso productivo del “excedente social” transformándolo en capacidad productiva mediante la inversión en medios de producción. Otros teóricos afirman que el “excedente social” no existe dado que, toda riqueza tiene un dueño, para ellos, la virtud que le dio la victoria al capitalismo fue la libertad.

                Ahora, vamos por partes. Dado que el capitalismo es un sistema económico usado por liberales, desarrollaremos la posición de la iglesia respecto al liberalismo, luego el capitalismo.

Condena de la Iglesia al Liberalismo/ Capitalismo.

                En 1873, Pio IX dirigio un mensaje al presidente y socios del Circulo de San Ambrosio, el mensaje decía.

«Si bien los hijos del siglo son más astutos que los hijos de la luz, serían sin embargo menos nocivos sus fraudes y violencias, si muchos que se dicen católicos no les tendiesen una mano amiga. Porque no faltan personas que, como para conservarse en amistad con ellos, se esfuerzan en establecer estrecha sociedad entre la luz y las tinieblas, y mancomunidad entre la justicia y la iniquidad, por medio de doctrinas que llaman católico-liberales, las cuales basadas sobre principios perniciosísimos adulan a la potestad civil que invade las cosas espirituales, y arrastran los ánimos a someterse, o a lo menos, a tolerar las más inicuas leyes, como si no estuviese escrito: ninguno puede servir a dos señores. Estos son mucho más peligrosos y funestos que los enemigos declarados, ya porque sin ser notados, y quizá sin advertirlo ellos mismos, secundan las tentativas de los malos, ya también porque se muestran con apariencias de probidad y sana doctrina, que alucina a los imprudentes amadores de conciliación, y trae a engaño a los honrados, que se opondrían al error manifiesto.

                Al respecto de estos textos, San Ezequiel Moreno dice lo siguiente.

                                Yo, haciendo mías las palabras de Pío IX, y aplicándolas a nuestra actual situación, concluyo este apartado diciendo: Nos hallamos en días de confusión y desorden, y en estos días se han presentado hombres cristianos, católicos –también un sacerdote- lanzando a los cuatro vientos palabras de término medio, de transigencia, de conciliación. Pues bien, yo tampoco titubeo en declararlo: esos hombres están en un error, y no los tengo por los enemigos menos peligrosos de la Iglesia. No es posible la conciliación entre Jesucristo y el diablo, entre la Iglesia y sus enemigos, entre catolicismo y liberalismo. No, seamos firmes: nada de conciliación; nada de transacción vedada e imposible. O catolicismo o liberalismo. No es posible la conciliación.”

                 Leon XIII señala en la encíclica Rerum Novarum: “Es difícil realmente determinar los derechos y deberes dentro de los cuales hayan de mantenerse los ricos y los proletarios, los que aportan el capital y los que ponen el trabajo. Es discusión peligrosa, porque de ella se sirven con frecuencia hombres turbulentos y astutos para torcer el juicio de la verdad y para incitar sediciosamente a las turbas”. A pesar de esto afirma de manera firme: “Sin embargo, lo que quiera, vemos claramente, cosa en que todos convienen, que es urgente proveer de la manera oportuna al bien de las gentes de condición humilde, pues es mayoría la que se debate indecorosamente en una situación miserable y calamitosa, ya que, disueltos en el pasado siglo los antiguos gremios de artesanos, sin ningún apoyo que viniera a llenar su vacío, desentendiéndose las instituciones públicas y las leyes de la religión de nuestros antepasados, el tiempo fue insensiblemente entregando a los obreros, aislados e indefensos, a la inhumanidad de los empresarios y a la desenfrenada codicia de los competidores. Hizo aumentar el mal la voraz usura, que, reiteradamente condenada por la autoridad de la Iglesia, es practicada, no obstante, por hombres codiciosos y avaros bajo una apariencia distinta.” El fin de la iglesia, desde los primeros siglos, desde el inicio del liberalismo, hasta el fin de los tiempos siempre será el velar desde la justicia por los pobres. Desde el respeto a la propiedad y condenando la usura.

                Daniel Iglesias (2012) explica que, en la Rerum Novarum se dan las vías de las reformas que devuelven al trabajo la dignidad de libre actividad del hombre, esto se da de dos modos convergentes: con políticas económicas dirigidas hacia el crecimiento equilibrado, y el trabajo de sociedad y estado de asegurar salarios adecuados y buenas condiciones al trabajador. A su vez, Iglesias afirma: En el fondo el error del liberalismo consiste en una concepción de la libertad humana que la aparta de la obediencia de la verdad y, por tanto, también del deber de respetar los derechos de los demás hombres. Así la libertad se transforma en afianzamiento ilimitado del propio interés.

                Por otro lado, Samuel Soldevilla explica se manera magistral la condena de la iglesia al liberalismo: Jamás la iglesia ha sostenido que el capitalismo liberal podría ser aceptable si se le enmarca en un conjunto de valores respetuosos de la dignidad humana pues tal cosa es contradictoria en sí misma. La iglesia enseña que no es suficiente con difundir una cultura de la solidaridad y de la ética social empresarial, ni garantizar un orden jurídico-politico que respete las instituciones del libre mercado o los derechos de los terceros. Es decir, por más de que se den tales cosas no dejaría de ser condenable el capitalismo liberal.

                La condena de la iglesia al liberalismo, en todas sus formas se podría resumir así, dado que el liberalismo proclama al hombre como ser moral, intelectual y socialmente autónomo, deja fuera de la ecuación a Dios, a un sistema de fe, por lo tanto, a una negación académica de Dios al no ser necesario para la vida. Pio IX en “Quanta Cura” decía:

5. Apoyándose en el funestísimo error del comunismo y socialismo, aseguran que “la sociedad doméstica debe toda su razón de ser sólo al derecho civil y que, por lo tanto, sólo de la ley civil se derivan y dependen todos los derechos de los padres sobre los hijos y, sobre todo, del derecho de la instrucción y de la educación”. Con esas máximas tan impías como sus tentativas, no intentan esos hombres tan falaces sino sustraer, por completo, a la saludable doctrina e influencia de la Iglesia la instrucción y educación de la juventud, para así inficionar y depravar míseramente las tiernas e inconstantes almas de los jóvenes con los errores más perniciosos y con toda clase de vicios. En efecto; todos cuantos maquinaban perturbar la Iglesia o el Estado, destruir el recto orden de la sociedad, y así suprimir todos los derechos divinos y humanos, siempre hicieron converger todos sus criminales proyectos, actividad y esfuerzo _como ya más arriba dijimos_ a engañar y pervertir la inexperta juventud, colocando todas sus esperanzas en la corrupción de la misma. Esta es la razón por qué el clero _el secular y el regular_, a pesar de los encendidos elogios que uno y otro han merecido en todos los tiempos, como lo atestiguan los más antiguos documentos históricos, así en el orden religioso como en el civil y literario, es objeto de sus más nefandas persecuciones; y andan diciendo que ese Clero “por ser enemigo de la verdad, de la ciencia y del progreso debe ser apartado de toda ingerencia en la instrucción de la juventud”.

Dejare, dado que en verdad es sumamente extensa la condena de la iglesia al liberalismo, el enlace de la Enciclopedia Católica. Ahí, encontraran de manera breve, toda la documentación necesaria en torno al tema.

Aquí viene la parte triste para mis amiguitos de izquierda, por favor, calmen sus falacias de hombre de paja (espantapájaros) y sus Ad Hominem. A pesar de que el liberalismo es condenable en todas sus formas, el capitalismo no. Leamos lo que el gran San Juan Pablo II dice en Centesimus Annus.

42. Volviendo ahora a la pregunta inicial, ¿se puede decir quizá que, después del fracaso del comunismo, el sistema vencedor sea el capitalismo, y que hacia él estén dirigidos los esfuerzos de los países que tratan de reconstruir su economía y su sociedad? ¿Es quizá éste el modelo que es necesario proponer a los países del Tercer Mundo, que buscan la vía del verdadero progreso económico y civil?

La respuesta obviamente es compleja. Si por «capitalismo» se entiende un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios de producción, de la libre creatividad humana en el sector de la economía, la respuesta ciertamente es positiva, aunque quizá sería más apropiado hablar de «economía de empresa», «economía de mercado», o simplemente de «economía libre». Pero si por «capitalismo» se entiende un sistema en el cual la libertad, en el ámbito económico, no está encuadrada en un sólido contexto jurídico que la ponga al servicio de la libertad humana integral y la considere como una particular dimensión de la misma, cuyo centro es ético y religioso, entonces la respuesta es absolutamente negativa.

La solución marxista ha fracasado, pero permanecen en el mundo fenómenos de marginación y explotación, especialmente en el Tercer Mundo, así como fenómenos de alienación humana, especialmente en los países más avanzados; contra tales fenómenos se alza con firmeza la voz de la Iglesia. Ingentes muchedumbres viven aún en condiciones de gran miseria material y moral. El fracaso del sistema comunista en tantos países elimina ciertamente un obstáculo a la hora de afrontar de manera adecuada y realista estos problemas; pero eso no basta para resolverlos. Es más, existe el riesgo de que se difunda una ideología radical de tipo capitalista, que rechaza incluso el tomarlos en consideración, porque a priori considera condenado al fracaso todo intento de afrontarlos y, de forma fideísta, confía su solución al libre desarrollo de las fuerzas de mercado.

A su vez, es necesario poner en la mesa al más grande teólogo del siglo XX, y de los inicios del siglo XXI, Benedicto XVI. Nos dice en Caritas in Veritate.

Quisiera recordar a todos, en especial a los gobernantes que se ocupan en dar un aspecto renovado al orden económico y social del mundo, que el primer capital que se ha de salvaguardar y valorar es el hombre, la persona en su integridad: «Pues el hombre es el autor, el centro y el fin de toda la vida económico-social»

El predominio persistente del binomio mercado-Estado nos ha acostumbrado a pensar exclusivamente en el empresario privado de tipo capitalista por un lado y en el directivo estatal por otro. En realidad, la iniciativa empresarial se ha de entender de modo articulado. Así lo revelan diversas motivaciones metaeconómicas. El ser empresario, antes de tener un significado profesional, tiene un significado humano [98]. Es propio de todo trabajo visto como «actus personae»

El capitalismo no es condenado en su totalidad por el valor que da al mercado, la propiedad privada y la responsabilidad de los medios de producción. Aquí nace la pequeña línea que separa al capitalismo, del capitalismo salvaje. Es un macabro juego de parte de los liberales el vender su sistema como el culmen de la civilización, la realización humana, un cielo en la tierra. Cuando los medios de producción no limitan su proceso, comienza la explotación, el abandono del hombre al mejor postor, aumenta el vacío existencial al intentar sustituirse por objetos. El hombre se convierte en un peón más siendo herramienta y consumidor, siendo esclavo. Los daños antropológicos y sociales son enormes.  Si es avaro, codicioso, el capitalismo se condena.

Esta serie de artículos aún tiene mucho camino por recorrer…

 “Yo no presto, yo doy. ¿Acaso Dios no me da antes a mi?” (Santo Cura de Ars)