Estaba ayudando a preparar el Belén de mi capilla el otro día. Fui al pequeño cuarto donde, en grandes cajas de cartón, envueltas en telas y frazadas viejas, están las grandes figuras de yeso. Buscaba las luces y algunas guirnaldas verdes para poder decorar dignamente el portal. Encontré, escondido en un rincón, entre las telas que protegían esas muchas maltrechas figuras de varios años de antigüedad, un Niño Jesús. Seguramente habrá servido en algún momento para poner en el pesebre, pero ahora ha quedado abandonado. Otra figura, más grande y nueva ocupa su lugar en la cuna de paja de la escena del nacimiento.

Aquel Divino niño abandonado tenía la pintura saltada, los dedos negros por el desgaste del pegamento, y los ojos deslucidos, opacos por la acumulación del polvo ¡Hasta le faltaban algunos dedos en sus piecitos! Era, a la vez, triste y enternecedor tenerlo entre mis manos. Sentí que podía hacerse polvo y escurrirse entre mis dedos en cualquier momento. Según me dijeron después, algún día lo mandarán a restaurar. Algún día. Eso es mucho tiempo.

Mientras lo miraba fascinado, me vino a la mente un recuerdo de hace unos años atrás. Era en la última reunión de catequistas de aquel año. La parroquia en la que estaba en ese entonces, dedicada a la Sagrada Familia, tiene un bellísimo pesebre detras del Altar Mayor, que funciona de retablo. El entonces párroco nos pidió que, haciendo una reflexión personal, dijeramos en voz alta aquello que nos inspirara el Espíritu Santo. Una palabra, una oración, un canto, lo que fuera.

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Viendo al Niño Dios, recostado en aquel cajón de madera y paja, cubierto apenas por un pañal y expuesto al frio, hubo una pabra, y solo una que me vino a la mente: vulnerabilidad. Y dije algo asi como «Que Cristo, que es el Dios de la vulnerabilidad, nazca en nosotros y nos enternezca el corazón». Seguí con la mirada fija en la manita de la imagen del Niño, que se extendía hacia arriba, como señalando la Estrella de Belén que brillaba pintada sobre aquella escena, bendiciendo, a la vez que acariciando el alma con sus tiernos deditos.

La Navidad trae a muchos remedos de ternura y jolgorio despreocupado, magia, infancias y juguetes. Nada más lejano del Belén original. Nada más diferente a la verdadera ternura de la Navidad, que no radica en una ilusión infantil, no tiene nada que ver con magias, ni juegos y juguetes, sino con la vulnerabilidad de un Dios recién nacido. En el último año de mí carrera de medicina he tenido la gracia de trabajar con bebés pequeños, recién nacidos en su mayoría. Sostener un neonato es la experiencia a la vez más cálida y atemorizante que alguien pueda jamás tener. Los bebés son tan infinitamente frágiles, tan sublimemente indefensos.

El solo pensar que Dios, El Creador, El «Dios Fuerte», El «Dios de los Ejércitos», el «Dios poderoso en los combates» (Sal 24, 7-10) pudo tomar la vulnerabilidad absoluta de la carne humana… ¿No genera acaso escalofríos? ¿No debe darnos acaso una nueva perspectiva con respecto a la infinitud e insondabilidad del Amor de Cristo? ¡El nuestro es un Dios que nos ama con locura! ¡El nuestro es un Dios que se anonada (Fil 2, 7)! Él se volvió tierno, dulce, acariciable, abrazable, a fin de que podamos entender que tan profundo y grande es su amor por nosotros. El suyo es un amor que encuentra su fortaleza en volverse débil, cercano.

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Hay una antigua canción Italiana que mi abuela canta todos los años al pié del pesebre al momento de poner el Niño Dios, que se llama «Tu scendi dalle stelle», que sería algo así como «Tu bajas de las estrellas«. Hay unos versos que siempre, desde pequeño, me hacían reflexionar al respecto de esta vulnerabilidad. Dicen:

Tú bajas de las estrellas, oh Rey del Cielo
y naces en una gruta, entre el frio y el hielo (…)
A Ti que eres del mundo El Creador
te faltan pan y fuego ¡Oh, Mi Señor!

Esta Navidad, recordemos a ese Dios vulnerable, a ese Dios hambriento, a ese Dios tiritando de frío. Hagamos a un lado la ternura superficial, y dejémonos enternecer profundamente por Cristo. Que no quede todo nuestro gozo en un acto exterior y superfluo de alegría vacía e ilusión mágica, sino que nuestro corazón se ablande tanto que El Niño Dios pueda tomarlo entre sus deditos y moldearlo a su manera.