La muerte y el verdadero amor. Son dos cosas intensas sobre las que pensamos en varias ocasiones. A la primera le tememos y añoramos la segunda. Pero parecen tan lejanas, hasta que llega un momento en el que tocan tu puerta y remecen tu mundo. Esto me ha pasado en las últimas semanas y especialmente durante la celebración de la Navidad copto ortodoxa en Egipto, que tuvo lugar el pasado 6 de enero.

Dejo en claro que el verdadero amor al que me refiero no es el de pareja, creo que este último es una de sus tantas expresiones.

Ha pasado casi un mes y medio desde que dejé todo por venir a servir a mis hermanos cristianos de Oriente. Un acto que hice movida por amor. Me introduje dos ambientes y mentalidades desconocidas y diferentes (la egipcia y la francesa). Volví a atravesar esa sensación de ser “la nueva” y conocer a varias personas desde cero, sintiéndome sola e incomprendida muchas veces. La barrera del idioma muchas veces me fuerza a guardar silencio al no encontrar las palabras adecuadas para expresarme, cuando por dentro quisiera gritar tantas cosas y hablar desde el corazón. Me he convertido en una observadora y en alguien que ha comenzado a amar el silencio.

Ezbet el Nakhl es un encuentro con la pobreza y es un desafío a la fortaleza del espíritu. Casi todos los días me encuentro con discapacitados que viven en pésimas condiciones. Muchos huelen mal, tiene piojos, muestran heridas del daño que se hacen a sí mismos y pasan varias horas encerrados en la misma habitación. Varias veces invade la náusea al acercárseles o el temor al daño. Pero he dejado a un lado todo eso, porque los quiero. Porque los contemplo y en mi corazón surge la ternura. Tomo entre mis manos su rostro, me gusta hacerlos reír, los hago bailar, dibujo para ellos, canto para ellos o juego con ellos. Tal vez algunos no han recibido mucho amor en sus vidas. Aunque no conozco sus historias, es todo lo que puedo darles. Mi amor, el amor de una peruana.

Con los pobres es algo similar. La zona donde vivo apesta a basura y verla desparramada por la calle todos los días no es lo más agradable del mundo. Pero en verdad, quiero muchísimo a toda esa gente y todas esas “incomodidades” ya carecen de importancia. Más bien, he comenzado a valorar la sencillez de la vida y las pequeñas alegrías. Además, pensar en ir a servir a los pobres tal vez parezca lindo o fácil al inicio, pero otra cosa es vivirlo. Y cuando realmente lo comprendes, comienzas a amarlo.

Ahora viene el tema de la muerte. En años anteriores, antes o durante la celebración de la Navidad copta hubo atentados de los extremistas musulmanes contra los cristianos copto ortodoxos y en este 2019 ocurrió un atentado contra una iglesia, donde murieron unos dos policías.

Por lo tanto, cuando me dijeron que los voluntarios asistiríamos a una celebración de la Navidad copta, me moría de miedo. Sí, miedo a morir y de que mi vida terminara. Pero también me preguntaba sobre todo lo que había hecho. Fue una suerte de dilema existencial mezclado con el temor. Recuerdo que en el taxi camino a la iglesia no podía hablar y que contestaba con monosílabos a las preguntas que me hacían porque trataba de mantenerme serena. Y rezaba mucho a la Virgen para que no solo nos protegiera a nosotros, sino a todas las iglesias donde se celebraría esa fiesta.

Al llegar a la Misa, no dejaba de orar ni de mirar hacia la puerta. Obviamente teníamos consignas de seguridad. Además, es parte de nuestra misión estar al lado de nuestros hermanos cristianos.

Hubo un momento, mirando la cruz, que pensé en si podría dejar solo a Jesús. Y al imaginármelo preguntándome: “¿Me dejarías solo?”, sentí en mi corazón y en mi alma que no podría. No me da el corazón para abandonarlo. Sí, en ese momento tomé la decisión y saqué el valor para permanecer en esa iglesia de pie, fiel más allá del miedo (como escribió Tolkien en El Retorno del Rey). Más que el temor a morir solo por ir a Misa, estaba mi verdadero amor por Cristo. Por aquel a quien debo a vida y tantas cosas bellas ¿Qué clase de católica sería si en la hora de la verdad abandonara a mi Dios? No, no dejaré a mi Jesús ni a mi amada Iglesia Católica por nada. Y creo que eso es el verdadero amor. Darlo todo, incluso hasta la vida por lo que amas, por ideal. Dar la vida al morir a mis comodidades por servir a mi prójimo en los pobres o en mis colegas franceses. Sí. Vale la pena. Aunque nadie lo vea, aunque nadie lo sepa.

Jamás había pensado que algún día me encontraría en el pellejo de los cristianos orientales, quienes asisten a Misa a pesar de las amenazas de los atentados o las persecuciones. Pero aquí estoy. Sacando el valor que me viene de la fuerza de la oración y ofreciendo todo lo que siento por la conversión del mundo. Este no es un amor de Hollywood o de novela. Es algo real, y por lo tanto es hermoso.

Publicado originalmente en Girasoles de Verano.