Este es el segundo artículo del “Curso de Apologética: demostración de la existencia de Dios”. Para ver el temario haz click aquí.

El argumento de la moral ha sido muy utilizado en defensa de la existencia de Dios. Grandes filósofos como Frederick Copleston, C. S. Lewis y el mismo William Lane Craig han defendido el argumento de manera magistral. Creemos que el argumento de la moralidad realmente es válido para concluir la existencia de Dios y, sin más preámbulos pasemos a la formulación, explicación y defensa del mismo.

Formulación del argumento

La regla de inferencia lógica que se utiliza en este argumento es el “modus tollens”, la cual se explica de la siguiente forma: si P implica Q, y Q no es verdadera, entonces P tampoco es verdadera.

Un ejemplo de modus tollens es: Si el agua hierve (P), entonces soltará vapor (Q). No suelta vapor (No Q). Por lo tanto, no está hirviendo el agua (No P).

El argumento de la moral, según lo formula William Lane Craig (Reasonablefaith.org), consta de dos premisas y la conclusión:

P1. Si Dios no existe, los valores morales objetivos no existen.
P2. Los valores morales objetivos existen.
C. Luego, Dios existe.

Defensa de la premisa 1

Comencemos con la defensa de la primera premisa que es “Si Dios no existe, los valores morales objetivos no existen”.

Primero hemos de explicar a qué nos referimos con “valores morales objetivos”. Nos referimos a esa ley, a esas “reglas de juego limpio”, a valores morales que son válidos y vinculantes aquí y en todo lugar así como en todo tiempo. Nos referimos a que estos valores no son opcionales ni cuestiones de gustos, no son meras percepciones subjetivas de cada quién o de cada sociedad.

Por poner un ejemplo, parafraseando lo que dice Craig: Lo que los Nazis hicieron es objetivamente malo y lo seguiría siendo aún si hubiesen ganado la guerra y hubiesen convencido a todos de que estaba bien su manera de actuar (William L. Craig vs Sam Harris, “¿Es el fundamento de la moral, natural o sobrenatural?”, debate en la Universidad de Notre Dame, 2011).

Ahora bien, ya habiendo quedado claro lo anterior, pasemos a la cuestión principal en esta premisa que estamos defendiendo: ¿puede fundamentarse una moral objetiva sin Dios?

Pongamos mucha atención en esto, pues nuestra cuestión no es si puede alguien seguir una moral objetiva sin creer en Dios (en eso tenemos clara la respuesta de que sí se puede), sino si se puede fundamentar esa moral objetiva sin Dios.

Ha habido ateos y agnósticos que han intentado justificar una moralidad objetiva sin apelar a Dios, por ejemplo, el reconocido agnóstico Bertrand Russell, quien intentaba hacerlo ante los cuestionamientos del gran filósofo jesuita Frederick Copleston, en el histórico debate que se sostuvo en 1948 para la BBC Radio:

“RUSSELL: Verá, yo entiendo que hay cosas buenas y cosas malas. Yo amo las cosas que son buenas, que yo creo que son buenas, y odio las cosas que creo malas. No digo que las cosas buenas lo son porque participan de la divina bondad.
COPLESTON: Si, pero ¿cuál es su justificación para distinguir entre lo bueno y lo malo, o cómo considera la distinción entre lo uno y lo otro?
RUSSELL: No necesito justificación alguna, como no la necesito cuando distingo entre el azul y el amarillo. ¿Cuál es mi justificación para distinguir entre azul y amarillo? Veo que son diferentes.
COPLESTON: Convengo en que esa es una excelente justificación. Usted distingue el amarillo del azul porque los ve pero ¿cómo distingue lo bueno de lo malo?
RUSSELL: Por mis sentimientos.
COPLESTON: Por sus sentimientos. Bien, eso era lo que preguntaba yo. ¿Usted cree que el bien y el mal tienen referencia simplemente con el sentimiento?
RUSSELL: Bien, ¿por qué un tipo de objeto parece amarillo y el otro azul? Puedo dar una respuesta a esto gracias a los físicos, y en cuanto a que yo considere mala una cosa y otra buena, probablemente la respuesta es de la misma clase, pero no ha sido estudiada del mismo modo y no se la puedo dar.
COPLESTON: Bien, tomemos el comportamiento del comandante de Belsen. A usted le parece malo e indeseable, y a mí también. Para Adolfo Hitler, me figuro que sería algo bueno y deseable. Supongo que usted reconocerá que para Hitler era bueno y para usted malo.
RUSSELL: No, no voy a ir tan lejos. Quiero decir que hay gente que comete errores en eso, como puede cometerlos en otras cosas. Si tiene ictericia verá las cosas amarillas aun cuando no lo sean. En esto comete un error.
COPLESTON: Sí, uno puede cometer errores, pero ¿se puede cometer un error cuando se trata simplemente de una cuestión referente a un sentimiento o a una emoción? Seguramente Hitler sería el único juez posible en lo relativo a sus emociones” (Dante A. Urbina, ¿Dios existe?, cap. 1).

El filósofo jesuita F. Copleston y el filósofo analítico B. Russell

Como puede verse, en este caso se intenta justificar la moralidad objetiva desde los sentimientos, lo cual es un intento fallido, como Copleston dejó ver. Si nos basamos en los sentimientos solamente llegaremos a una moralidad subjetiva, no objetiva. Pues, siguiendo el ejemplo de Copleston, si la moral depende de los sentimientos ¿quién podrá objetarle a Hitler sus acciones si él sentía que estaban bien?

Otros ateos intentan justificar la moralidad en cuanto al aspecto sociológico, es decir, que la moral está basada en lo que dice la sociedad en general. Pero esto nuevamente nos dejaría solamente con una moralidad subjetiva, pues ¿en qué nos podríamos basar para decir que nuestra sociedad es mejor moralmente que las antiguas sociedades que practicaban canibalismo? Estaríamos atados de manos, pues para los caníbales eso era bueno pues es lo que dictaba esa sociedad. Por lo tanto tampoco así se puede justificar una moralidad objetiva.

Otro intento de justificar la moralidad objetiva sin apelar a Dios es hacerlo apelando a la evolución. El argumento ateo afirma que conforme el ser humano fue evolucionando fue adoptando ciertos comportamientos y rechazando otros, según las buenas y malas estrategias evolutivas. Primero hay que señalar que lo amoral no puede producir lo moral. Si nos basamos en la evolución, a lo mucho que podemos llegar es a señalar lo conveniente o no conveniente para la especie, pero no los actos objetivamente malos moralmente hablando. Por poner un ejemplo, el incesto no sería algo moralmente malo sino simplemente un acto muy inconveniente para la correcta evolución de la especie.

Aún si tomáramos lo conveniente para la evolución de la especie como moralmente bueno y lo inconveniente como malo, el argumento no se sostiene a menos que se quiera justificar moralmente la poligamia, el asesinato de los débiles de la especie y demás comportamientos que comúnmente son considerados inmorales hasta por los mismos ateos.

El mismo Richard Dawkins, el más famoso ateo militante y devotamente evolucionista darwiniano nos dice que no está proponiendo una moral basada en la evolución, sino que de hecho “recuerda que si quieres construir, como quiero yo, una sociedad en la que los individuos cooperen con generosidad y altruismo hacia un bien común, no puedes esperar mucha ayuda de la naturaleza biológica. Intentemos enseñar la generosidad y el altruismo, porque nacemos siendo egoístas” (Richard Dawkins, El gen egoísta, pag. 2-3). Curiosa afirmación de Dawkins ¿en qué fundamenta entonces su moral objetiva con la que tanto acusa al cristianismo de cometer atrocidades y con la que tanto tilda al Dios del Antiguo Testamento como “genocida, bravucón, filicida”, etc.? Su moral objetiva está en el aire.

Un intento más por justificar la moralidad objetiva es la fundamentación utilitarista, la cual afirma que lo que nos causa placer es bueno y lo que nos causa sufrimiento es malo. Esta posición es problemática cuando ponemos ejemplos como el siguiente: un psicópata al que le produce placer asesinar ¿está actuando moralmente bien? O una persona que prefiere sufrir para salvar de la muerte a otro ¿está haciendo algo moralmente malo?

¿Qué concluimos de todo lo anterior mencionado? Que no hay una justificación de la moral objetiva desde una perspectiva atea. Esto no significa que no la haya por el momento sino que se sabe que ni siquiera la habrá ¿Por qué? Porque la naturaleza es amoral. En los animales no hay moralidad. Como dijo Craig en su debate anteriormente citado, cuando un león devora a una cebra no se puede decir que la esté asesinando sino simplemente matando y es todo. Desde la perspectiva atea, los seres humanos solo somos animales mejor evolucionados que las otras especies y eso es todo. Entonces partiendo de que la naturaleza es amoral y que el ateísmo afirma que sólo lo natural existe, no podemos justificar una moral objetiva desde el ateísmo.

El hecho de que haya una moralidad objetiva sólo puede explicarse si hay un estándar en el que nos podamos basar para decir objetivamente qué está bien y qué está mal. Ese estándar de moralidad es sobrenatural. A ese ser, a ese estándar lo llamamos Dios.

No estamos diciendo que lo bueno lo es porque Dios lo desea, tampoco decimos que Dios lo desea porque es bueno. Decimos que Dios es el bien mismo. La naturaleza de Dios (verdad, bondad, amor, justicia, misericordia) nos proporciona una base para la moralidad objetiva. Dios nos ha expresado su naturaleza por medio de mandamientos, los cuales responden perfectamente a nuestra experiencia moral: no matar, no robar, no cometer adulterio, etc.

Nuestra primera premisa se sostiene.

Defensa de la premisa 2

La segunda premisa nos dice “Los valores morales objetivos existen”, ¿es esto cierto?

Nuestra experiencia nos dice que la moralidad objetiva existe. Constantemente observamos actos que condenamos como “injustos” o “crueles”, y el punto es que no creemos que lo injusto y lo cruel lo sea solamente para nuestra sociedad o que solo sea nuestra manera personal de percibir las cosas. Cuando vemos algo cruel, creemos que es cruel independientemente de cómo lo vean otras personas o de cómo lo hayan visto sociedades pasadas.

El gran C. S. Lewis nos dice: “(Las personas) dicen cosas como estas: ‘¿Qué te parecería si alguien te hiciera ti algo así?’ ‘Ese es mi asiento, yo llegué primero.’ ‘Déjalo en paz, no te está haciendo ningún daño’… La gente dice cosas como estas todos los días… Lo que me interesa acerca de estas manifestaciones es que el hombre que lo hace no está diciendo simplemente que el comportamiento del otro hombre no le agrada. Está apelando a un cierto modelo de comportamiento que espera que el otro hombre conozca. Y el otro hombre rara vez contesta: ‘Al diablo con tu modelo’. Casi siempre intenta demostrar que lo que ha estado haciendo no va realmente en contra de ese modelo… Parece, de hecho, como si ambas partes tuvieran presente una especie de ley o regla de juego limpio…” (C. S. Lewis, Mero Cristianismo, pag. 5).

C. S. Lewis

Tenemos la certeza de que actos como el asesinato, la trata de personas y la violación son actos que están mal siempre y en cualquier época. Tenemos la certeza de que la equidad, el dar la vida por otros y la amabilidad son actos que están bien siempre y en cualquier época.

Nuestra segunda premisa se sostiene.

Conclusión

Hemos demostrado que, partiendo de nuestra experiencia de la moralidad objetiva, es razonable concluir que existe un ser que sea el estándar de dicha moralidad. Un ser que nos reprende en nuestro interior cada vez que nos comportamos de manera incorrecta. Esta es una experiencia íntima de cada persona. Dios habla al hombre desde su mismo interior.

Ad Maiorem Dei Gloriam.