«Querida Rita:

Aun recuerdo aquella tarde del 19 de marzo, un día de San José, yo acababa de orar en la Basílica de María Auxiliadora ante las reliquias de San Juan Bosco pidiendo luz para mi obscuridad. Como fiel devoto y temeroso de Dios quise asistir a la Santa Misa. Fue así que acudí al templo dedicado a María Reina de la Paz a media hora de donde están las reliquias del santo.

Decidí ir a la Santa Misa para implorar la misericordia de Dios y pedir la valiosa intercesión de Nuestra Señora ya que ella siempre me ha acompañado. Por diversos motivos entré a la sacristía de aquel templo; la verdad, no tenía ni por qué entrar; yo solamente quería preguntar algo irrelevante. Pero mis ojos se impactaron como si se desprendieran las retinas de mis ojos al verte en medio de ese lugar de pie, organizando diversas cosas para la Santa Misa. Yo quedé estupefacto ante tanta belleza. Por varias circunstancias, me pidieron servir Misa y tuve la gracia de asistir al sacerdote. No te lo puedo negar, noté la mano de Dios que me llevó a ti y me llevó a Él ante su altar.

El impacto fue tal que no cabían los nervios en mi cuerpo; tenía temor incluso de dirigirme a ti porque en ti pude ver aquello que vemos cada que contemplamos estupefactos la Hostia Consagrada levantándose por encima de la cabeza del sacerdote: Debo confesar que pude ver esa belleza pura del Dios Altísimo también resplandecer también en tu rostro. Noté que no era belleza de cuerpo ni de tiempo. Llegó la luz que tanto pedía.

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Aun recuerdo que me costó mucho trabajo despedirme después de Misa; me esperaban en casa y tenía que salir rápido. Me costó tanto porque así como el imán se adhiere al metal y cuando están cerca se atraen, así sentí una imperiosa necesidad de estar cerca de ti. Fue irresistible, tanto que al salir del templo decidí redactarte una pequeña carta solo para decirte lo bella que eres.

Fue grato leer tu respuesta y fue a la vez sorpresiva; no creí te hubieras fijado en mí también y para mí eso fue un gran halago que nunca podré olvidar. Y selló en mi corazón el anhelo de vivir en plenitud la castidad en fidelidad y la caridad; dolor por mis pecados y comprendí todo a lo que Dios me llamaba.

Te escribo esto porque decidiste partir de Turín para volver con tus padres; todos los días anhelo estar de nuevo contigo, sueño contigo, pienso en ti todo el tiempo; pero sobretodo paso horas de rodillas ante Dios por ti, incluso noches enteras. Porque más que yo obtener algo de ti; quiero que tú obtengas todo de Dios. Y así no estés conmigo, yo siempre estaré para ti con cada Rosario, con cada Misa, con cada oración a Dios por intercesión de María Santísima, San José, Santa Rita y San Juan Bosco; porque conocerte no fue casualidad. He discernido con bastante claridad desde aquel día: serte fiel es serle fiel a Dios; y que tú seas santa será la única forma en que yo lo sea.

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Si en ese amor he sido inconsistente o desesperado te pido perdón; y te demuestra que el amor de un hombre está en lucha por amar puramente como solo Dios puede hacerlo; por ello, procuro estar en gracia todo el tiempo; para que el amor con el que te ame sea solo el Amor de Dios y no el amor de este hombre frágil que se resquebraja.

Con amor, Carlos». Fides et Caritas