Cuando llegamos a la juventud, no tardan en llegar las clásicas preguntas lanzadas por nuestros amigos(as), compañeros y/o cualquier otro(a) curioso(a):

¿Y, ya tienes enamorada(o)/polola(o)?

¿Ya te chapaste (besaste) a alguien? / ¿A qué edad fue tu primer beso?

Preguntas que a veces son respondidas con una mentira en el caso que no se haya tenido enamorado(a) o no se haya besado a alguien y que nos dejan muchas veces con una pregunta en el interior: ¿Y qué estoy esperando?

Muchos adolescentes tienden a apresurarse buscando pareja, los motivos que los mueven a eso son varios, desde experimentar algo nuevo, no ser el último del grupo en tener a alguien, buscar el afecto que no han recibido en el hogar, entre muchos más. Lo cierto es que desde que llegamos a esta etapa de la vida, la presión y la “necesidad” de estar con alguien nos hace perder el verdadero sentido del amor.

Muchas veces hemos escuchado la bendita frase: “No quemes etapas” y aunque pareciera una frase pasada de moda porque generalmente nos la dicen la gente adulta, ésta es verdadera. Hemos dejado que la velocidad en la que gira el mundo nos lleve por inercia haciendo todo de manera apresurada, sin tener mucha opción a la reflexión previa o al análisis.


Esa lentitud que puede definirse más bien como constancia, esfuerzo y dar pasos seguros, sabiendo lo que se hace, teniendo un objetivo claro.

Se me viene a la mente la fábula de la Liebre y la Tortuga, conocida por todo el mundo. Dejando de lado la actitud de la liebre que no va al caso, aunque tal vez sí bajo la perspectiva del mundo que te ejerce presión, podemos resaltar la “lentitud” de la tortuga que hizo que alcanzara el objetivo. Esa lentitud que puede definirse más bien como constancia, esfuerzo y dar pasos seguros, sabiendo lo que se hace, teniendo un objetivo claro.

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Los jóvenes nos quejamos de lo mal que nos puede ir en las relaciones de pareja, pero el problema puede radicar en que nunca nos dimos un tiempo para analizar lo que realmente estamos esperando, simplemente caímos en la velocidad que nos lleva el mundo y la prisa que existe ahora por vivir. Y al terminar con una relación, simplemente por el hecho de no quedarnos solos o para sentirnos nuevamente aceptados por alguien comenzamos otra sin establecer de manera seria el objetivo que queremos alcanzar.

Es obvio que todos queremos tener relaciones de pareja constructivas, que nos hagan mejores personas y que nos podamos sentir completos y complementados con la otra persona. Para poder lograr esto, hay ciertos pasos o etapas que debemos pasar previamente. Para empezar no es recomendable buscar conocer a alguien del sexo opuesto sin antes haberte conocido a ti mismo. Cada uno es distinto y aunque parezca algo trillado, muchos no nos conocemos a nosotros mismos. ¿Cuáles son tus anhelos? ¿Cómo eres realmente? ¿Cómo reaccionas ante tal o cual situación? ¿Cómo te defines? Si no tienes una imagen clara de ti mismo, ¿cómo sabrás que cualidades debes buscar en la otra persona para sentirte complementado?

El amor no hay que salir a buscarlo, no es un concurso de cacería o de quién se enamora en el menor tiempo. El amor es una decisión y como tal debe tomarse sin prisa y con libertad, conociéndonos antes y conociendo bien a las otras personas. Ya hemos tocado un poco la importancia de ser amigos antes de enamorados, pues es en la amistad en la que uno debe comenzar a conocer a la otra persona.

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Si bien es cierto que no existe un tiempo definido para pasar de amigos a enamorados, lo que si es cierto es que en la amistad es donde se empieza a cultivar la confianza y la sinceridad entre las personas de sexo opuesto. No corramos, no quememos etapas. Disfrutemos de la amistad, cultivémosla correctamente, ya lo dice la Biblia: “Un amigo fiel es un refugio seguro: el que lo encuentra ha encontrado un tesoro”. Si realmente nos damos el tiempo adecuado para conocer a la otra persona como amiga(o), nuestras futuras relaciones de pareja empezarán como eso, como el haber encontrado un gran tesoro.