Si bien es cierto que – como ya lo hemos expuesto en el tema “Somos diferentes” – la mujer tiene el “don” de la comunicación, una relación es de dos. No basta entonces que la mujer transmita mucho a su pareja, pues la otra parte debe saber escuchar y comunicarse también. Es decir, para que la relación sea buena, la comunicación debe ser excelente.

Existen dos niveles de comunicación, la comunicación ordinaria y la comunicación esencial.

La primera es la conversación cotidiana: suelo hablarte de cosas intrascendentes (“que horrible está el clima amor”, “pensaba en comprarme unas zapatillas, pero no decido entre obscuras o claras”), o te hablo de otras personas (“mi prima se casa en febrero”, “Julián terminó con Vero”). Sabemos que este nivel de comunicación (o mejor dicho conversación) es imprescindible en toda relación, pero no debe ser la única, ni debe ocupar todo el tiempo que nos damos el uno al otro, porque se trata de conversaciones sólo de “boca a boca”, donde no involucro mis juicios de valor ni mis sentimientos.

La comunicación esencial, en cambio, busca trasmitir al otro lo que en realidad somos, lo que sentimos y añoramos, compartiendo nuestros sentimientos – a partir de hechos pasados, actuales o futuros – (“me siento triste porque en la mañana discutí con mi mamá”, “me dio mucha rabia cuando se burlaron de un pequeño niño en el colegio”), o nuestros juicios de valor (“lo mejor es organizar el tiempo para estudiar, porque es pésimo copiar en un examen”, “no estoy de acuerdo con el aborto, porque una criatura tan indefensa e inocente siempre tendrá derecho a vivir”).

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Lo usual en una relación madura es empezar por el primer nivel (comunicación ordinaria) y continuar con el segundo (comunicación esencial). Por ejemplo:

  • Irina me contó ayer que su papá y su mamá se están separando”.
  • “¡Que feo! ¿qué le dijiste?”
  • “Estaba muy triste, primero la consolé y después le dije que los hijos podemos aprender de los errores de nuestros padres. A partir de esto he aprendido a valorar más la relación que tienen mis papás.”

A pesar de querernos mucho y de ansiar conocernos más, es posible que uno de nosotros, o ambos, nos enfrentemos con barreras que impiden nuestra comunicación. Una de estas barreras es el temor de abrirse al otro, temer que no me entienda o que me juzgue.

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Así también, el poco tiempo que tenemos para vernos puede ser una barrera para comunicarnos: si estudiamos en distintas universidades y el ritmo de clases es tan intenso que sólo podemos vernos el fin de semana, será complicado darnos un tiempo para buscar una buena comunicación entre nosotros, pero si ese fin de semana nos vimos sólo para ir a una fiesta un día y al cine el otro, será mucho más difícil y hasta imposible lograrlo.

Lo importante es identificar estas barreras y decidirnos a romperlas, para lograr una comunicación que construya la relación armoniosa y estable que deseamos tener.

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